Sentada en el camión que me llevaba a San Pancho traía en mi mente cantidad de preguntas que quería hacerle a la gente de esa comunidad.
Al instante perdí la intensión. No es preciso, digo ¿Qué podría haberle preguntado a la señora de la primera casa de la que sacamos lodo? ¿Lo obvio? No, estas personas pueden prescindir de las palabras, lo que precisan son manos dispuestas, más que a dar, a trabajar.
Todos ellos calmaron mis ansias de saber lo que pasa por la mente de un damnificado, mostrando de qué están hechos. Gente que lo ha perdido todo, menos la fortaleza, voluntad y perseverancia, tratando con fe de tener un futuro y tragándose un presente con sabor a hiel.
¿Qué nos hace distintos? Nada. ¿Cuál fue la fortuna que me hizo nacer a mí en un lugar donde no ha habido nunca una catástrofe de esa magnitud? ¿Por qué a ellos sí y a mí no?

